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Entrevista no vista

Gustavo Zerbino, superviviente de Los Andes: "Si mañana me cayese en un avión, me alimentaría de otros cuerpos muchísimo antes"

En octubre de 1972, un avión con 45 pasajeros se estrellaba en un inhóspito paraje de hielo y muerte que ningún humano había pasado jamás. Sólo 16 regresaron. Entre ellos, este uruguayo que ha hecho de su vida una auténtica aventura. Por lo pasado, y por lo que aún le queda, todas sus palabras son oro puro

Gustavo Zerbino, superviviente de Los Andes: "Si mañana me cayese en un avión, me alimentaría de otros cuerpos muchísimo antes"
LEO MAINE
Actualizado

¿Hay algún día en el que no piense usted en aquella cordillera infernal?
No pienso ningún día en la montaña, jamás. Nunca tuve una pesadilla. Y no hay nada de aquello que me produzca dolor. Otra cosa es que todos los días alguien me saque el tema. No soy yo, son los demás.
La siguiente pregunta de mi lista tenía que ver con su recuerdo más aterrador, pero ya no sé si procede...
Yo vivo 100% el presente, toda mi energía está en el ahora. Lo que nos pasó lo archivamos en un lugar donde no nos molesta, porque de lo contrario nos hubiéramos muerto al día siguiente. ¿Tú te acuerdas alguna vez de cuándo te caíste cuando aprendías a andar en bicicleta? Recuerdas que sabes montar, pero no de cómo y cuándo te caíste. Pues esto es igual. Nosotros teníamos que tener toda la energía, todos los sentidos, toda la fuerza, en el presente, en cada detalle, en qué hacer para sobrevivir un minuto más, una hora más, un día más.
Hoy vemos que en un Gran Hermano son capaces de matarse por un puñetero yogur. ¿Cómo fueron capaces de sobrevivir donde ni siquiera podían hacerlo las plantas?
La sociedad de la nieve es el nombre que nosotros le hemos puesto durante 50 años a lo que construimos en la cordillera. Tú estás hablando ahora conmigo, y para morirte te tiene que explotar una bomba, te tienen que pegar un tiro o te tienes que chocar con un auto. Si no, no te mueres, porque vivir es lo natural. Allí, en la montaña, la muerte era lo lógico. Y lo único que puede ocurrir cuando estás en medio del caos total, es que solo puede mejorar, porque no hay nada más abajo del último nivel del infierno. Por eso tuvimos que crear una sociedad solidaria, con el único objetivo era no morir.
El avión se estrelló en un lugar llamado el Valle de las Lágrimas. El nombre del sitio también se las trae...
Y estábamos rodeados de miedo. Porque no teníamos comida, no teníamos ropa, estábamos muertos de frío, nos habían abandonado... Era miedo dentro del miedo. Pero no nos quejamos, porque la primera noche aprendimos que por más que llorabas, por más que gritabas, por más que despotricabas, seguías teniendo frío, tu madre no venía, los helicópteros no aparecían, tus amigos seguían muertos. Si tenías una uña encarnada y te ibas a quejar porque te dolía un dedo, pero mirabas al que estaba a tu lado y le faltaba un pie, en vez de llorar, dabas las gracias. Esa noche nos hicimos amigos de la aceptación y no volvimos a quejarnos. Además, nosotros éramos como hermanos, íbamos al mismo colegio, jugábamos el mismo deporte, el rugby, teníamos algo que nos unía; estábamos abandonados por el mundo pero no estábamos solos. Y el 'yo' se transformó en 'nosotros'.
¿Hasta qué punto la fe les ayudó a no rendirse durante 72 días con sus 72 noches? Eso son más de 1.700 horas atrapados en una especie de Matrix de hielo insoportable...
Antes del accidente yo tuve vocación de sacerdote durante un tiempo, e incluso rompí con mi novia para meterme a cura. Pero el Dios que conocimos en los Los Andes no tenía nada que ver; era un Dios bondadoso, era el Dios que me acariciaba los pies cuando me estaba muriendo congelado, el Dios que me daba agua, el que me abrazaba por la noche... No era el Dios castigador que habíamos conocido antes en la iglesia, ese que nos decía que íbamos a morir quemados para siempre en el infierno. Cuando regresé de la cordillera, un día entré en una iglesia, y me pareció algo frío, caminaba entre aquellos pasillos, y allí no estaba el amor de Los Andes. Entonces me aparté un poco de esa espiritualidad tradicional de ir a misa una vez por semana, de esa santurronería un poco hipócrita. Hay tantas religiones como personas, y ninguna es mejor que las demás.
El Dios de Los Andes era bondadoso, de acuerdo. ¿Y cómo era la política allí arriba? Entiendo que tiró más a la izquierda que a la derecha...
Yo no creo en la derecha ni en la izquierda. O eres solidario o no lo eres. O eres buena persona o no lo eres. La política es importante, pero hay que tener cuidado de que no tome al pueblo de rehén. Yo vivo en Uruguay, un país totalmente democrático y respetuoso, y la sociedad de la nieve que construimos en la montaña era una sociedad uruguaya. Todas las decisiones que tomamos fueron tomadas por unanimidad. Si no estábamos de acuerdo, no lo hacíamos. Los bienes pertenecían al bien común, nada era de nadie, todo era de todos. Y es increíble como el día en que llegaron los helicópteros a rescatarnos volvió la propiedad privada, la civilización, las reglas de acá. De repente fue como: "Hey, dame esos zapatos, que son míos!". Es fuerte, ¿verdad?
¿Les costó mucho regresar al mundo real? He leído que incluso pasaron juntos la primera Navidad tras la montaña en una especie de burbuja.
Yo, personalmente, no traté de adaptarme, y llevo viviendo desde entonces como viví en la cordillera. Soy la misma persona: soy solidario, amigo de mis amigos, estoy al lado del Gobierno si me precisa, sea de derechas o de izquierdas. Cuando volví a casa había perdido 40 kilos, y a los 10 meses exactos estaba jugando con la selección nacional de Uruguay el Campeonato Sudamericano de Rugby en Brasil y fue la primera vez en la historia en la que nuestro país quedó segundo.
¿Cuánto tuvo que ver el rugby en ese increíble manual de supervivencia que fueron improvisando día a día, hora a hora, minuto a minuto?
Nosotros éramos un equipo de rugby y, cómo tal, estábamos totalmente alineados. Es un deporte democrático: juega el gordo, juega el flaco, el alto, el rápido, el lento. Hay un puesto para cada uno. Y ninguno sabíamos nada de al cordillera, pero todos desempeñamos el rol que dispuso el capitán: te encargabas del agua, de la comida, tenías que caminar, tapiar el avión por las noches, rezar el rosario... Y no podías dejar de hacerlo, porque de lo contrario, te morías.
Y a usted le tocó ser el médico.
Sí. Los curaba, los atendía...
Pero apenas había estudiado tres asignaturas de Medicina...
Un mes y medio. Psicología Médica, Estadística y Biología Celular. Pero, ¿qué importa? Tuve que operar a gente, arreglar fracturas de huesos, ver que alimentos teníamos que tomar entre los nutrientes que había para no morirnos...
¿Y por qué no terminó la carrera? Algo de práctica ya llevaba en la mochila...
Hubo un golpe de Estado y una dictadura militar. Yo pedí recuperar las materias que había perdido en Los Andes, que eran tres meses, y el nuevo decano, que era un energúmeno, me preguntó si yo era comunista. Y le respondí: "¿Y a usted qué le importa?". Que no lo era, pero no tenía por qué contestar. Tuvimos una bronca, tiré un perchero y no regresé a la Facultad hasta 13 años después, cuando se reinstauró la democracia en Uruguay.
Y se licenció en Administración de Empresas. Menudo giro de guión.
He sido gerente de laboratorio: medicamentos de última generación, vacunas, parkinson, diabetes... Toda mi vida trabajé en la salud, en la medicina, pero desde otro lugar.
Permítame que entremos sólo un momento en ese lugar de la memoria donde archiva los peores recuerdos. ¿Cómo fue el momento del impacto del avión?
Me falló el cinturón y eso me salvó, porque pude agarrarme del techo y el avión se partió justo donde yo estaba. Tras la explosión se me reventaron los tímpanos, abrí los ojos y vi que todos los asientos de delante estaban aplastados como las escamas de un pescado. Yo creí que había fallecido, porque, ¿quién sobrevive a un accidente de avión en la montaña a 600 kilómetros por hora? Pero di un paso hacia atrás y quedé sepultado en la nieve hasta la cintura. Y ahí me di cuenta de que estaba vivo.
¿Cuál es el momento más hermoso de esos 72 días?
Cuando supimos que llegaban los helicópteros, sin duda.
Lo escucharon por la radio.
No. Fue el día antes, una especie de telepatía. Lo sentimos. Y al día siguiente prendimos la radio, y antes de que empezara el noticiero cantaron el Ave Maria y, entonces, ya sí, escuchamos que nuestros compañeros habían llegado a la civilización. Y cuando los helicópteros se acercaron volando, ese momento, como pájaros de libertad, y nos llevaron de vuelta a ese mundo que nos había abandonado...
Fue usted el encargado de recoger objetos personales de cada uno de los fallecidos para después entregárselos a sus familiares. 29 vidas, nada menos.
Tras la primera ascensión, cuando bajábamos, encontré una hélice del avión clavada en la montaña y un asiento volcado. Al al darle la vuelta había dos personas muertas. Y me di cuenta que esas dos personas eran como dos granos de arroz en el desierto que nadie iba a encontrar jamás. Me puse a pensar en sus padres, en sus novias... Les arranqué la cadena, el reloj, la billetera... Y empecé a juntar esos objetos por si un día podía llevárselos a sus allegados.
Lo llevaba todo en una maleta...
No me la dejaban subir al helicóptero porque pesaba mucho. Pero yo dije que allí venían 29 hermanos, y que sin ellos no me iba. Y después pasé un mes, un día con cada familia, contándoles como había vivido, llevándoles crucifijos, cartas, relojes... para que pudieran hacer su duelo.
Vaya trago, caballero.
Fue muy duro, muy duro. Yo salía todas las mañanas con una ilusión bárbara, y volvía a las cinco o seis horas arrastrándome. Recuerdo que Gustavo Nicolich, antes de morir en la avalancha, estaba frente a mí y me dijo: "Si me voy, dale esta carta a mi madre y a mi novia". Y yo tuve que agarrar el coraje, porque me había comprometido, de llevársela. Y la carta decía: "Desde lo más profundo de nuestro ser, le pedíamos a Dios que este día no llegara, pero ha llegado. Hoy comenzamos a alimentarnos de los cuerpos de nuestros amigos muertos. Si los cuerpos están ahí es porque Dios los puso, y como lo único que interesa es el alma, no tengo por qué tener un gran remordimiento. Y si llegara el día en el que yo con mi cuerpo pudiera salvar a alguien, gustoso lo haría".
Wow...
Cuando una persona está contando, sin ninguna vergüenza, ese pacto de amor en el que ofrecimos nuestros cuerpos para sobrevivir...
Supongo que la pregunta sobra, pero, ¿lo volverían a hacer?
Si me caigo mañana en un avión, lo haría muchísimo antes. Se habrían salvado más vidas. Vidas humanas, de hermanos, que pactamos hacerlo así Perdimos 20, 30, 40 kilos por no comer.
¿Fue usted al psicólogo?
¿Al psicólogo? ¿Para qué?
Dígamelo usted. Digo yo que su poquito de trago tuvo que pasar...
¿Y qué sabe un psicólogo de caerse de un avión en la montaña y de vivir lo que vivimos? Nosotros somos los mejores psicólogos de nosotros mismos.
¿Le tiene miedo a la muerte?
La muerte es la condecoración de la vida. El cobarde muere todos los días; el valiente sólo una vez.
¿Y le teme a algo a estas alturas?
Yo no proyecto nunca, vivo el presente. La vida es una caja de sorpresas en la que siempre van a pasar cosas. Sé que la gente se muere, se lastima, tiene enfermedades. Y si he aprendido una cosa es que lo importante no es lo que nos pasa, sino lo que hacemos con las cosas que nos pasan.
Me han contado por ahí que allá por donde pisa es usted como una estrella del rock.
Eso lo decía mi segunda mujer, que murió. Que cada vez que iba a dar una conferencia, o a veces, por la calle, la gente me paraba, me pedía fotos... Una tontería. Yo soy una persona normal que tan sólo pasó 72 días en la montaña. Pero viví cosas mucho mas fuertes que esa.
¿Qué cosas? Porque por más que le doy vueltas no me viene nada a la cabeza.
Mis seis hijos, mi madre, que vivió 100 años, el Uruguay en el que vivo, que es el mejor país de la Tierra...
Bien, eso es bonito, pero me refiero a desgracias. Porque yo he visto la película de Juan Antonio Bayona y sigo estremecido.
Es que yo en mi vida, jamás, me quejé de la montaña. Eso fue un puchero existencial que nos mandaron desde un laboratorio para probar la capacidad que tiene el ser humano para resistir lo imposible.
Entonces, si no fue para tanto, ¿qué ha sido lo peor que le ha pasado? Me voy a agarrar a la silla.
En la montaña yo pude manejar mi dolor. Pero cuando falleció mi mujer, mi hija de 13 años no quería vivir. Estaba deprimida y sin amigas, se quería ir con su madre que estaba muerta, yo tuve que dejar de trabajar, era en pandemia, en el mundo entero había pánico... Yo tengo cuatro hijos varones y, cuando te enojas, a los cinco minutos se nos pasa. Pero las mujeres hablan un idioma distinto, y yo no sabía qué hacer, cómo ayudarla. Me di cuenta de que sólo podía abrazarla, darle contención, cariño. Y estuve tres años sin moverme de su lado.
¿Cuándo fue la última vez que lloró?
El otro día estuve en el homenaje de un amigo, el expiloto de rallies Gustavo Trelles, uno de los mejores del mundo, y se me caían las lágrimas. Yo valoro mucho el esfuerzo. Cuando veo una maratón y vienen partiéndose en pedazos, y a pesar de todo no se detienen. Me emociona la gente que cree, la gente que sigue, la gente que puede.
¿Y es usted de gatillo fácil? Por lo de enfadarse, digo...
Hace poco discutí con mi hijo por algo sin importancia, por teléfono. Y preferí colgar antes de que la cosa se calentase. Yo soy un guerrero serio, y por eso soy pacífico. Vengo de la guerra, de la lucha, de la pelea, y tuvimos que ganarle al frío, al hambre y a la muerte agregándole valor. Es por eso que me gusta la paz.